CAPITULO 2
[Para leer el principio de la historia pincha AQUÍ]
Cada vez eran menos las personas que volvían a casa, y el día que más temía al fin llegó; apenas me quedaba comida y agua para sobrevivir… Ya os he contado lo reacio que era a salir, la puerta estaba echada con llave y cerrojo a pesar de que oía a gente subir y bajar, pisotones a todas horas, pero ¿quién me decía a mí que no eran ladrones? En fin, al final, salí. Miré por la mirilla antes de abrir la puerta, todo oscuro, pegué bien la oreja a la madera y no escuché ningún indicio de peligro. Parecía mentira… 7 años viviendo en ese edificio y no conocía a nadie, ya sabes, los simples “hola que hay” en el ascensor y poco más. El pasillo era más lúgubre de lo que recordaba, ayudándome con una de esas linternas de manivela con la que, la verdad, no veía más allá de mis pies, lo poco que pude ver del pasillo era que había manchas de sangre en las paredes y el suelo. Los ascensores por supuesto inutilizables y pensar en bajar 5 pisos a oscuras con aquellas cosas por ahí rondando… Pero bueno, ya era hora de conocer a mis queridos vecinos.
Cada vez eran menos las personas que volvían a casa, y el día que más temía al fin llegó; apenas me quedaba comida y agua para sobrevivir… Ya os he contado lo reacio que era a salir, la puerta estaba echada con llave y cerrojo a pesar de que oía a gente subir y bajar, pisotones a todas horas, pero ¿quién me decía a mí que no eran ladrones? En fin, al final, salí. Miré por la mirilla antes de abrir la puerta, todo oscuro, pegué bien la oreja a la madera y no escuché ningún indicio de peligro. Parecía mentira… 7 años viviendo en ese edificio y no conocía a nadie, ya sabes, los simples “hola que hay” en el ascensor y poco más. El pasillo era más lúgubre de lo que recordaba, ayudándome con una de esas linternas de manivela con la que, la verdad, no veía más allá de mis pies, lo poco que pude ver del pasillo era que había manchas de sangre en las paredes y el suelo. Los ascensores por supuesto inutilizables y pensar en bajar 5 pisos a oscuras con aquellas cosas por ahí rondando… Pero bueno, ya era hora de conocer a mis queridos vecinos.
El primer encuentro fue… ¿Cómo decirlo? Algo
“brusco”. Lo primero que vi fueron 4 hombres protegiendo las entradas al
recinto, dos puertas traseras y dos delanteras, aparte de la puerta del garaje,
que estaba fuertemente cerrada y sin electricidad… Complicado de abrir. Me
asaltó un hombre a los 3 segundos de pisar la zona común, que venía a ser un
jardín comunitario.
La zona donde estábamos residiendo como antes he
dicho, era un bloque de cuatro pisos con un patio en común, todo rodeado de una
verja metálica y fuerte que nos mantenía a salvo. En el centro del patio había
un jardín y una piscina comunitaria, que acabamos usábamos para guardar comida,
armas y víveres. No tranquilos, no penséis que teníamos ametralladores, bazucas
o granadas, nuestras armas eran cuchillos, palancas y hasta me pareció ver una
espada de esas con las que los novios cortan las tartas en las bodas... Parece de risa
¿verdad? Pues más adelante os contaré la historia de esa espada...
Después de contarle mi confinamiento al señor que
tenía puesto su cuchillo en mi garganta, y de enseñarle las extremidades de mi
cuerpo y el tórax para cerciorarse de que no me habían dado un mordisco y
estaba infectado, me presento al resto de las personas que a partir de ese día,
serían mi familia.
Quiero hablaros de la pequeña sociedad que
creamos, por así decirlo, los supervivientes y yo. Éramos unas 23 personas, al
mando, estaba Carlos, un hombre de unos
37 años de edad, con mas cojones que todos los demás juntos, era un líder nato,
tenía siempre la mente despejada y fría, listo para cualquier tipo de
inconveniente, por grande que fuese. Carlos junto con otros 6 hombres más salía
cada mañana arriesgando sus vidas para conseguir víveres, almacenarlos, y poder
resistir lo máximo posible. Había 11 mujeres y 12 hombres, contando niños y
niñas y ancianos.
Lo primero que hicimos los demás supervivientes
del bloque de pisos y yo fue picar los primeros escalones del portal, hasta una
considerable altura, ya que hacía años leí un libro que por aquella época se
denominaba ciencia ficción, y que, sin saberlo, me ha ayudado a seguir vivo y a
poder contaros esto. Los caminantes no pueden subir escaleras, su cerebro (o lo
que queda de él) no puede afrontar ese "desafío", otra cosa es que se
caigan sobre los escalones y se arrastren hacia arriba, o se apilen los
cadáveres y se haga una especie de rampa, así vi morir a una persona,
confiándose de la estupidez del caminante, al final logró atrapar su presa. Así
que ahora, el primer escalón, esta a casi un metro de altura, lo cual nos
protegía, o eso pensábamos, pero ya os contaré más adelante cuál fue nuestro
error.
De momento me sentía a salvo, tranquilo y lo más
feliz que se podía ser viviendo aquella situación, pero ahora al menos, había personas
con las que hablar, personas con las que compartir el día a día y era
reconfortante. Al poco de llegar me hice amigo de una chica de unos 19 años,
cuando teníamos tiempo libre, rara vez, echábamos largas partidas de ajedrez,
otras veces jugábamos a los dardos con una vieja diana que había en uno de los
pisos (y así de paso, mejorábamos nuestra puntería) y así, sin incidentes
pasamos un mes, reconstruyendo, buscando supervivientes y tratando de volver
a la normalidad dentro de lo posible, hasta que cierta noche…
No hay comentarios:
Publicar un comentario