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CAPITULO 4
Después de aquella extraña noche todo cambió para
mi (sí, más aún) Empecé a hacer guardias nocturnas con los nuevos vigilantes
que, como yo, se ofrecieron voluntarios para cuidar el recinto por las noches.
Me dieron una especie de palanca para defenderme y un par de cuchillos de
cocina que llevaba guardados en un cinturón multiusos. Se me helaba la sangre
cuando me tocaba pasar la noche de guardia vigilando. Entre las rejas se les
veía, deambulando hacia Dios sabe qué, y de vez en cuando, alguno se acercaba
hacia nosotros atraído por algún ruido. Las noches que no me tocaba guardia,
las pasaba con Sara, jugábamos al ajedrez o a las damas, o contábamos historias
de antes de la pandemia. Me contó que estudiaba psicología en la universidad de
la ciudad, que en septiembre habría empezado su tercer año de carrera y que su
familia había desaparecido. Me comentó también que tenia pareja, que vivía unas
cuantas calles más al sur de nuestro barrio y que vivía con la esperanza de que
siguiese vivo. Me dijo que me había visto unas cuantas veces por la
urbanización, pero que le daba demasiado corte romper el hielo y comenzar una
charla, además, por aquella época, antes del “Día D”, me figuraba que sería de esas típicas chicas de bien, con
cientos de amigos con pasta, de discotecas de moda y vestidos de 100€. No era
mi tipo, ni yo tampoco el suyo, así que tampoco había razón para hablar
mientras subíamos el ascensor. Pero ahora que todos estamos al mismo nivel,
poco importaba el dinero que tuviese, el nivel de vida y demás tonterías.
Físicamente era espectacular, al menos para mi gusto, mediría alrededor de
1,65; pelo negro largo que habitualmente llevaba recogido con una coleta, ojos
verdes como esmeraldas, manos finas y blanquecinas, como su rostro, tenía cierta
gracia al hablar y ¡qué demonios! Era el puto apocalipsis, ¿Por qué no
fantasear?
Cada noche a eso de las 10 si no tenía guardia me
dejaba caer por casa de Sara o ella se dejaba caer por la mía, tenía una
guitarra acústica y algunas noches me pasaba horas tocando para ella. Sus
gustos musicales no coincidían mucho con los míos, pero le gustaba escucharme,
nos pasábamos horas y horas sin hablar, simplemente ella escuchaba y yo sacaba
notas de la guitarra. Cuando había muchas mierdas andantes cerca del perímetro
de seguridad, en lugar de tocar la guitarra charlábamos, hasta el amanecer, me
contaba que su padre era un jefazo de una compañía de automóviles en la ciudad
y su madre, como lo iba a ser ella, era psicóloga. También tenía un hermano
pequeño de 3 años, que haría 4 en Diciembre de ese año. La última vez que habló
con ellos ya había cundido el pánico en la ciudad y se encontraban metidos en
el coche, de camino a casa para recogerla y largarse de allí lo antes posible,
pero, como en mi caso, su familia nunca llegó a casa. Estuvo encerrada en casa,
llorando, intentando contactar con su familia y su novio, pero al final no
había red, no había línea y no había electricidad. Decidió salir por la misma
razón que yo, la falta de agua. Salió una semana antes que yo, se armó de valor
y se acercó a la zona común, por aquellas todavía deambulaban caminantes por
los pasillos y algunas escaleras, tuvo suerte de salir ilesa de aquella. Poco
después el equipo formado por Carlos y los demás hombres (cuatro de ellos ya
fallecidos en el incidente de la noche en que me hice vigilante) hicieron un
barrido general por todas las zonas, imaginaos como quedaron los soportales…
Algo así:
Aún quedan manchas rojas en el suelo y las
paredes, pero todo resto “humano” por llamarlo de alguna forma fue quemado para
evitar el contagio.
Pero volviendo a Sara; cuando se integró en la
comunidad de supervivientes del bloque, se instaló en casa de Martina y
Domingo, una pareja de ancianos que vivían en el octavo piso de uno de los
bloques. Para ellos era como su nieta, las primeras noches la oían llorar y
llorar, no pegaba ojo, se quedaba mirando el ventanal del salón de los ancianos
noche tras noche, esperando a que llegara alguna cara conocida a rescatarla de
toda aquella locura. Claro está, esperaba en vano. Poco a poco Sara fue
familiarizándose con los demás, ayudando en lo que podía, pasaba horas con los más
pequeños, ayudándoles a superar el vacío que habían dejado sus familiares
porque pensándolo bien, todos éramos huérfanos en aquella situación. Pero cada día éramos mas fuertes, cada dia superabamos constantes contratiempos y nos dejabamos la piel por seguir con vida. Todos teníamos ese pequeño algo que nos empuja a seguir adelante, ese sentimiento de ánimo que nos ayudaba a levantarnos, y para mi claro está, ese algo se llamaba "Sara".

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