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Debía de ser el mes de Noviembre, los árboles apenas tenían hojas y empezaba a hacer verdadero frío. Desde que empezaron a caer heladas, nos habíamos trasladado todos los supervivientes. Quedábamos 19 personas, perdimos a 4 hombres fuertes y valientes aquella fatídica noche que entro la pequeña Carol, ya transformada. Ya conocéis a algunos de nosotros: Carlos seguía al mando de la guardia y se encargaba de traer y almacenar los alimentos que tanto esfuerzo costaba encontrar. La pareja de ancianos, Martina y Domingo, Sara, mi inseparable amiga, pero, voy a presentaros algunos más:
Debía de ser el mes de Noviembre, los árboles apenas tenían hojas y empezaba a hacer verdadero frío. Desde que empezaron a caer heladas, nos habíamos trasladado todos los supervivientes. Quedábamos 19 personas, perdimos a 4 hombres fuertes y valientes aquella fatídica noche que entro la pequeña Carol, ya transformada. Ya conocéis a algunos de nosotros: Carlos seguía al mando de la guardia y se encargaba de traer y almacenar los alimentos que tanto esfuerzo costaba encontrar. La pareja de ancianos, Martina y Domingo, Sara, mi inseparable amiga, pero, voy a presentaros algunos más:
Os voy a hablar de Alba. Alba es
una mujer de 34 años, trabajaba en uno de los hospitales de la ciudad como
enferma y llevaba 5 años felizmente casada.
Dio la casualidad que el “Día D” ella
disfrutaba de sus vacaciones de verano, la llamaron del hospital para ir a
ayudar, ya que estaban todos los centros de salud colapsados por el extraño
virus que se propagaba por toda la ciudad. Tuvo la gran suerte de no poder ir
muy lejos, ya que su marido se había llevado el coche y el transporte público
hacia rato que había dejado de funcionar, intentó coger un taxi pero por poco
le muerden en el cuello varios caminantes que había por la zona. Rápidamente
subió a casa y cerró con llave. Estuvo intentando contactar con su marido para
pedirle que volviera al hogar cuanto antes, pensando que allí estarían a salvo
pero las líneas estaban colapsadas. Así que decidió, como todos los demás,
quedarse en casa a esperar. Dos o tres días después del colapso, Carlos llamó a
su puerta, eran vecinos y se conocían de las juntas y de algún encuentro
ocasional en el ascensor. La sacó de su casa y se la llevó con los demás
supervivientes al ático de Carlos, la zona más segura del edificio. Alba, era una mujer alta, 1,76 más o menos,
pelo rubio y ojos verdes, su cuerpo era un sinfín de curvas muy bien puestas,
era una mujer atractiva, de esas que te hacen sentir pequeño cuando te pones a
su lado. Tenía algo en la mirada que te quitaba la respiración, una voz
agradable y tranquilizadora y eso queridos lectores, nos ha ayudado más de una
vez cuando estábamos al borde del ataque de nervios. Aparte de ese don para
tranquilizar, era enfermera y eso fue un golpe de suerte. Ella se encargaba del
botiquín del grupo y de atender a los enfermos. Era una mujer fuerte y nos
contagiaba su fuerza.
Ya os he hablado con anterioridad
de Martina y Domingo, pero me gustaría profundizar un poco más en su historia.
Ya sabéis como son los ancianos, les encantaba contar sus historias de juventud,
y a mí y a Sara particularmente nos encantaba escucharles. Se conocieron cuando
sólo tenían 12 y 14 años. Martina era la hija del alcalde del pueblo donde
nacieron, su padre, también militar anteriormente, era un hombre rudo, de
antiguas costumbres y tenía muy mal genio. Enviudó cuando al nacer su hija, la
mujer falleció en el parto y se prometió a si mismo que siempre cuidaría de su
querida hija, a la que llamó como a su mujer, Martina. La joven Martina recibió una buena educación gracias a
su padre, que era gente de bien, estudió en la escuela del pueblo y ahí fue
donde conoció a Domingo, un rufián del campo que se dedicaba a escribirle
cartas profesándole amor eterno, y si amigos, antiguamente cuando conocías a
una mujer, te duraba para toda la vida, aunque estos dos jóvenes no lo tuvieron
nada fácil. Después de la escuela, el padre de Martina la mandó a estudiar a la
universidad de la ciudad, pero aun así, le prometió a Domingo que volvería para
casarse con él. Y así lo hizo, estudió magisterio para poder volver al pueblo y
dar clases en la escuela donde ella creció. Domingo había hecho grandes
trabajos y era reconocido en todo el pueblo por las muchas tierras que poseía,
así que teniendo 22 y 24 años, por fin pudieron casarse. El padre de Martina estaba
totalmente en contra y se opuso a la boda, así que los jóvenes tuvieron que
casarse a escondidas en la ermita del pueblo de al lado. Ya casados, se fugaron
a la ciudad y comenzaron su vida como marido y mujer.
Todos teníamos un papel en la
pequeña comunidad que habíamos creado, Martina también ayudaba la mujer, a sus
86 años, enseñaba a los más pequeños lengua, historia y matemáticas, y Domingo
nos enseñaba a plantar y a recolectar, lo cual nos ayudo a sobrevivir ya que
pasados los meses dispusimos de frutas y hortalizas de semillas que encontraron
nuestros valerosos hombres en sus salidas a por víveres. Aun así, Martina y
Domingo tenían miedo no poder aguantar los duros inviernos, ya que a su edad,
todo era más complicado para ellos. Se acercaba el frío y había que preparase
bien, ya no había calefacción, no había calentadores, solo nos quedaba el
fuego, y este, amigos, a veces no era un buen aliado…
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